Hey, I'm Marina, an advertising student. Have a nice stay in Shiny Moods!


Me gustas con tus más y tus menos, con todo. Porque sin ese todo no serías tú y sin ti ya no me veo.


Anoche, mientras perdía mi juicio surcando entre pesadillas, me pareció oír tu voz tamizándose entre las rejas de mi ventana. Tenías el viento a favor; te oía como si estuvieses susurrándome a dos centímetros de mi rostro. Conseguiste calmarme como lo haces en esos ridículos momentos en que mi amor propio estalla desde el ático de mi ser. Y, no sé, me llenas de cosas bonitas. 

Por la serenidad que me contagias y la energía que me das, por el gustazo que es mirarte haciendo nada. Me gustas calmado, me gustas enervo, vehemente, me gustas cuando enloqueces y reclamas lo que es tuyo. Por tu ímpetu, tu forma de hacer justicia cuando intentan dominarte.

Y ¿qué de tus misterios? Quiero descubrir ese recóndito interior, desmantelar tu frío corazón: ver la vida que hay en ti escondida.

Quiero fundirme contigo, quiero ser oleaje, quiero ser espuma, quiero ser libertad y furia; quiero ser mar.


Tengo de ese frío que solo se va con abrazos.


Tras el último beso, otro más. Y así coleccionamos besos con sabor a "no te vayas", elevando exponencialmente las ganas de volvernos a ver cuando ni siquiera nos hemos separado.

Tras las manos, el resto de la piel. Y el magnetismo lascivo va tomando las riendas de dos cuerpos ebrios de delirio. 

Tras tus miedos, mis garantías. Y enardecerte cuando te angusties: calmarte cuando no quieras más que echarlo todo a perder.

Tras de ti, mi suerte. Tras de ti, yo.

Jeroglíficos que no sé si vale la pena descifrar, o si es preferible quedarse con la duda y dejar que el tiempo te legue la respuesta. A veces vivimos tan prestos a entenderlo todo, que "todo" deja de tener sentido. Esclavos del entendimiento nos olvidamos de dejarnos sorprender. Y, a veces, es bonito: llevarte alegrías y hostias, aprender de ellas y hacerte mayor es bonito.

Somos aire, juntos viento. Que el huracán no cese. Y si amaina, soplaré. En cuanto lo considere indomable, el porvenir tomará las riendas.





Salgo de clase y respiro el perfume que tímidamente rocía la fría noche del tardío invierno. Miro al cielo, le sonrío al abuelo y voy deambulando hacia la estación de autobuses. Llego nueve minutos antes de la hora de subir al bus; tres minutos más tarde de lo habitual. Me habré quedado embobada mirando el cielo. Me habré quedado más tiempo husmeando la noche. Hoy olía mejor que nunca, quizás cambió de perfume.

Siete personas en la estación. Veintitrés, contando los personajes de mi libro. Y entonces llega el bus.

- Buenas noches- le digo al chófer con voz retraída estrechando el libro contra mi pecho.
- Buenas noches- me responde el hombre con ojos llorosos.

Tenía el rostro pálido, magullado. Para el arrastre.

Me siento cerca suyo, en segunda fila, y dejo mi libro de lado. No quiero dejar al hombre solo. Ignoro quién es, pero nadie con esos ojos lacrimosos desea estar solo. Aunque sea en silencio, haciendo el mismo trayecto por decimosexta vez al día.

Doce minutos de trayecto sin tregua y doce pensamientos dispares vagando por mi cabeza: el rostro consumido del conductor, el insólito aroma de la noche, el primer beso...

Llego a mi parada, me bajo y, tras cerrarse las puertas, el bus se va. Con él: el chófer, ese aroma, el primer beso...

Un día más dejé una pequeña parte de mi existencia en un asiento trashumante. Debe de haber pensamientos míos diseminados por todos lados. Hemorragias de palabras en movimiento polinizando Tarragona y alrededores. Energía vagabunda buscando nuevos corazones donde albergarse.




Suena intrincado conciliar la idea de echar de menos a alguien que no has visto aún. Quizás la expresión no sea echar de menos; quizás sea querer sentir su presencia, o quizás sea lo mismo. Pero querer sentirla porque tienes la garantía de que va ser la jodida hostia.

Llevas tiempo deambulando en solitario. Y no tienes prisa, al contrario. Dejas que todo fluya porque todo llega. O eso dicen los optimistas de los cojones. El caso es que, sin saber cómo, acaba llegando y no sabes para cuánto tiempo, solo sabes que quieres dar lo máximo de ti, que este momento es tuyo -vuestro- y nada lo va a fastidiar. Es volver a creer en esas cosas bonitas que dabas por marchitas.

Estoy a dos días de ponerle cara a la voz que tantas noches he escuchado, que tantas noches me ha arropado. Llevo días relativizando el tiempo, acortando distancias en imaginaciones, en sueños, en suspiros.                  
                     
Si los errores del pasado me han servido de atajo hacia ti, solo me queda dar las gracias. Que todas las cagadas conduzcan a hallazgos así de bonitos.