Hey, I'm Marina, an advertising student. Have a nice stay in Shiny Moods!


Tras el último beso, otro más. Y así coleccionamos besos con sabor a "no te vayas", elevando exponencialmente las ganas de volvernos a ver cuando ni siquiera nos hemos separado.

Tras las manos, el resto de la piel. Y el magnetismo lascivo va tomando las riendas de dos cuerpos ebrios de delirio. 

Tras tus miedos, mis garantías. Y enardecerte cuando te angusties: calmarte cuando no quieras más que echarlo todo a perder.

Tras de ti, mi suerte. Tras de ti, yo.

Jeroglíficos que no sé si vale la pena descifrar, o si es preferible quedarse con la duda y dejar que el tiempo te legue la respuesta. A veces vivimos tan prestos a entenderlo todo, que "todo" deja de tener sentido. Esclavos del entendimiento nos olvidamos de dejarnos sorprender. Y, a veces, es bonito: llevarte alegrías y hostias, aprender de ellas y hacerte mayor es bonito.

Somos aire, juntos viento. Que el huracán no cese. Y si amaina, soplaré. En cuanto lo considere indomable, el porvenir tomará las riendas.





Salgo de clase y respiro el perfume que tímidamente rocía la fría noche del tardío invierno. Miro al cielo, le sonrío al abuelo y voy deambulando hacia la estación de autobuses. Llego nueve minutos antes de la hora de subir al bus; tres minutos más tarde de lo habitual. Me habré quedado embobada mirando el cielo. Me habré quedado más tiempo husmeando la noche. Hoy olía mejor que nunca, quizás cambió de perfume.

Siete personas en la estación. Veintitrés, contando los personajes de mi libro. Y entonces llega el bus.

- Buenas noches- le digo al chófer con voz retraída estrechando el libro contra mi pecho.
- Buenas noches- me responde el hombre con ojos llorosos.

Tenía el rostro pálido, magullado. Para el arrastre.

Me siento cerca suyo, en segunda fila, y dejo mi libro de lado. No quiero dejar al hombre solo. Ignoro quién es, pero nadie con esos ojos lacrimosos desea estar solo. Aunque sea en silencio, haciendo el mismo trayecto por decimosexta vez al día.

Doce minutos de trayecto sin tregua y doce pensamientos dispares vagando por mi cabeza: el rostro consumido del conductor, el insólito aroma de la noche, el primer beso...

Llego a mi parada, me bajo y, tras cerrarse las puertas, el bus se va. Con él: el chófer, ese aroma, el primer beso...

Un día más dejé una pequeña parte de mi existencia en un asiento trashumante. Debe de haber pensamientos míos diseminados por todos lados. Hemorragias de palabras en movimiento polinizando Tarragona y alrededores. Energía vagabunda buscando nuevos corazones donde albergarse.




Suena intrincado conciliar la idea de echar de menos a alguien que no has visto aún. Quizás la expresión no sea echar de menos; quizás sea querer sentir su presencia, o quizás sea lo mismo. Pero querer sentirla porque tienes la garantía de que va ser la jodida hostia.

Llevas tiempo deambulando en solitario. Y no tienes prisa, al contrario. Dejas que todo fluya porque todo llega. O eso dicen los optimistas de los cojones. El caso es que, sin saber cómo, acaba llegando y no sabes para cuánto tiempo, solo sabes que quieres dar lo máximo de ti, que este momento es tuyo -vuestro- y nada lo va a fastidiar. Es volver a creer en esas cosas bonitas que dabas por marchitas.

Estoy a dos días de ponerle cara a la voz que tantas noches he escuchado, que tantas noches me ha arropado. Llevo días relativizando el tiempo, acortando distancias en imaginaciones, en sueños, en suspiros.                  
                     
Si los errores del pasado me han servido de atajo hacia ti, solo me queda dar las gracias. Que todas las cagadas conduzcan a hallazgos así de bonitos.




Ese escalofrío que te electriza el cuerpo segundos antes de romper a llorar, la granada que detona en tu tripa antes de soltar una carcajada, las lágrimas que contornean tus mejillas tras liberar nervios contenidos, gritar bajo el agua e inspirar al salir, dejar que el sol te bese un día de agosto al mediodía, entrar helada a la ducha a las seis de la mañana, el olor de los campos recién labrados, entregar la vida en un baile, empapar las sábanas al hacer el amor, paladear un sabor nuevo, escuchar el murmullo de la multitud a sesenta metros de la orilla.

Sentir que estás viva/o. 

Sentir que te queda tanto por vivir.




Siempre había oído que era la luna la que eclipsaba el sol, y que la luna no era eclipsada por nada. Lo que no sabía es que sí podía ser eclipsada por alguien. Y ese alguien resultaste ser tú. Ayer brillaste más que la luna y, mientras no aparezca la siguiente superluna, soldadito marinero, podrás seguir brillando en carteles.




Me gusta escribir sobre ti. No porque te extrañe, no. Va más allá de eso. Te convertiste en prosa desde nuestro último encuentro. Y es el más bonito legado que pudiste dejarme.
  


Julio. Noche. Bar. Chico. Chica. Cerveza. Playa. Y un final iniciando su carrera.